domingo, 24 de agosto de 2014

Casa de muñecas

El verano se nos va desmembrando a cada tarde, como el país. Vuelvo a Pla en verano y Pla –que no era, desde luego, inclinado a la insensatez –da con la clave: cuando habla de “país” lo hace casi siempre en el sentido regional, casi doméstico que ha pervivido en las lenguas del romance, il paese, le pays que nous habitons, una palabra chica con que la mayoría de las veces denota al Ampurdán. Lo otro, para Pla –la Patria, con letras de molde –era retórica de camarilla. Es la clave, digo, para vivir muchos años sin úlceras ni insomnios ni más incordios que el garbí y en su defecto la tramontana, su importantísimo y decisivo influjo en la idiosincrasia del payés.

Mi país estival es un retal mínimo, el fulgor esmeralda de unos cuantos naranjos encajados entre la oscura pirámide del Mongó y la proa desafiante del cabo La Nao. Fuera de Jávea, la vorágine del verano levantino, Gandía Shore. Otro planeta. Dentro, el milagro pausado de la luz, las láminas del sol gelatinoso sobre el mar, el cortinaje espeso de la noche, confección de silencio y madreselva. Pero hasta aquí llegan los ecos del naufragio cotidiano al que se han sumado ahora los partidos de la tercera vía, con su empeño casi tierno en regenerarnos querámoslo o no. UPyD y Vox han montado una algarabía pequeña, como de casa de muñecas o kindergarten a la hora del biberón. Cuando apenas hay poder en juego, cuando el riego de tocar bola es remoto e hipotético, los contendientes se intercambian estocadas de florete sin más consecuencias; casi como una demostración de destreza discursiva. Pero hay que reconocer que Vox, quién iba a decirlo, tiene condiciones para la opereta, y nos la han servido jugosa y breve en las carnes de la Seguí, esa ninfa levantina y entrañablemente amateur siempre presta a dar el cante. Dicen que es la musa de la ultraderecha –en España el prefijo ultra lo espolvoreamos con gran liberalidad sobre todo tipo de guisos políticos --; una musa-niña algo turbadora, con el guion de las ursulinas bien aprendido y la mirada violeta de una Liz Taylor agraz y magra de cardio-box.

Un sainete que poco tiene que ver con el auto sacramental de casa Díez, donde manejan un registro dramático totalmente distinto. En las tribulaciones es donde se ve el estilo de cada cual, como recuerda la célebre cita de Tolstoi: todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera. Nada de frivolidad, de celebración vital y desbordamiento berlusconiano. Nada de musas báquicas ni hijos enchufados. En upidé son plúmbeos, complutenses, muy de citar puntos de estatutos que a nadie importan y resoluciones de remotos conciliábulos. Como mucho gastan una ironía monocorde y diligente, como de catedrático de Administrativo. Cuando la cámara te quiere, se dice telegenia. Cuando te odia, Gorriarán. UPyD nos quiere reformar por el camino del rigor orgánico, pero el rigor orgánico es algo que no se la puede traer más al pairo al ciudadano. Se han echado encima del de la pajarita por un quítame allá esas pajas; ésa es la percepción del votante medio. A golpe de tuit, Gorriarán se enfanga en agónicas explicaciones que de nada sirven, se enfurece y echa humo dialéctico por las orejas. Todo en vano, porque la grey ha zapeado ya hace rato, ya estamos pendientes de un capítulo atrasado de Conexión Samanta. Cómo van a arreglar el país, si no se arreglan ni ellos.

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