miércoles, 1 de mayo de 2013

Mourinho: apología y electrólisis


Yose, como pronuncian ahora los comentaristas que se las quieren dar de viajados, tiene el semblante torvo del dandi o el autócrata; y la boca, la parva carnosidad infantil, la lleva fruncida de un desdén y una fatiga indecibles, como alguien condenado a escuchar, una vez tras otra, el mismo chiste malo. Mou es su haz y su envés, una verdad contra el mundo, y su ambivalencia no es fruto de sus propios claroscuros sino de los claroscuros de ese mundo, que le juzga porque se siente juzgado por él. El de Setúbal acata el veredicto, tal vez se fuma un puro con él, desde el túnel imperturbable de sus ojeras, corolas de asceta o de dipsómano en que se nos sirve una mirada que no acabamos de descifrar, una mirada de neblí ejecutor o de inocente efigie pompeyana que es, sin embargo, siempre la misma: lo distinto, lo contradictorio, es el objeto en que se posa.  Los últimos años, su mirada se ha posado sobre la sociedad española, esa sala de prensa de la incongruencia, coagulada en torno a él como un compuesto corrosivo de ácidos intestinales que ha tratado de digerirle, de reducirle a una papilla capaz de ser procesada sin sobresaltos por las entrañas de la beatería y de la corrección política. Que ha acabado, al fin, expeliéndole como a un cuerpo extraño. La sociedad descansa ya, en esa calma sin bienestar del vientre tras el vómito.

Mourinho, no lo olvidemos, no tiene mayor relevancia, como no la tiene el fútbol mismo. El vial de la épica, el excipiente de la majestuosidad con que se administra el fútbol, son capaces de hacernos olvidar que se trata de un simple pasatiempo sin más trascendencia que la de ocupar unas horas muertas de la semana, sustrayéndolas con cierto éxito a un vacío en que se hace demasiado audible el ruido blanco de la muerte. No es poco, aunque ese papel podría cumplirlo cualquier otra distracción, y así ha sido en otras épocas. Sin embargo, siempre es interesante comprobar cómo, ante esos pasatiempos banales, la sociedad proyecta sus obsesiones como ante una de esas láminas de Rorschach de enigmáticas manchas en las que cada uno ve lo que lleva dentro. De la abundancia del corazón habla la boca, dice el Evangelio. Con motivo o sin él; venga a cuento o no. Por eso, independientemente del resultado, ha sido un experimento divertido sumergir el electrodo Mourinho en el agua calma y cementosa de un club como el Real Madrid, en el remanso tibio y bovino de la opinión pública española, en la ciénaga de la corrección de donde no osábamos asomar la cabeza; dejarnos sacudir, por un breve y delicioso instante, por una electrólisis inesperada que nos obliga a retratarnos, dividiendo al padre contra el hijo y al hijo contra el padre, a la madre contra la hija y a la hija contra la madre, a los contertulios contra los reporteros y a los presentadores contra los jefes de prensa, todos entregados al paroxismo, compelidos a reorientarnos hacia uno de los dos polos posibles, cuestionándonoslo todo en el proceso. Pensando y debatiendo, aunque haya sido sobre el vacío: nos queda la esperanza de que nos haya servido de entrenamiento para hacerlo sobre cuestiones más dignas de tal empeño.

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