domingo, 3 de marzo de 2013

Noblesse oblige


Larsen. Ése es el apellido de soltera de Corinna; el botón de muestra con que cierra el corpiño nativo de su burguesía, ese celuloide de la economía conyugal que guarda el tacto de su yo más íntimo y plebeyo, marchita flor de lis, varias capas por debajo del afeite y del ropaje cortesano. Si Unamuno no hubiera aprendido el idioma de los jutos, dicen, para mejor paladear las filigranas teológicas de Kierkegaard, no habría dudado en hacerlo con tal de inhalar de primera mano el aroma doméstico de ese apellido, y degustar en su versión original la bella impostura que duerme bajo el Zu-nosecuántos. Cuánta prosa se han dejado sin contar el ¡Hola! y el París Match.

No me cabe duda de que España está en deuda con Corinna; no, quizás, como ella pretende, por haber prestado servicios de alguna valía, sino más bien por haber conferido al sainete nacional, por momentos tan ramplón, una pátina de alta intriga. O por haberlo, al menos, intentado: porque ese Larsen de turista barrigudo, como una mancha low-cost en el pedigrí, no va a pasar inadvertido al escrutinio desmitificador para el que nuestra raza está (por suerte o por desgracia) tan singularmente dotada.

Siempre ha habido un hueco en la ficción para esa estirpe de seres fabulosos y apátridas capaces de aparecer hoy en Jeddah y mañana en Montecarlo, fastuosos mercenarios de la diplomacia internacional recubiertos de cultura exquisita, que portan secretos irrevelables cuya irradiación sólo ellos, su peculiar contextura libertina, es capaz de resistir sin sucumbir al escrúpulo. Ellos conocen la verdad extraoficial, ésa que se hurta al pueblo por su propio bien. La existencia de ese estamento de iniciados se compadece mal con las democracias pues nos hace preguntarnos si no estaremos más bien viviendo en una suerte de despotismo de fachada popular. Ésa era la alcurnia en la que aspiraba a ingresar Corinna: la de los que saben. Lo único que cabe afearle es haberse creído su propia novela, o haber pretendido hacérnosla creer a los demás.

No seré yo, desde luego, quien disipe el ensalmo. En tanto que de rosa y azucena, Corinna ha podido pasar por una Milady de Winter que se movía entre bambalinas como pez en el agua. Bajo el foco abrasador de la canalla, es sólo una Bienvenida Pérez con filtro de Instagram; a lo más, una Zoraida de postín en el harén del jeque Borbón. Me parece contrario a la caridad, y a esa deuda que hemos contraído con ella, malbaratarle el espejismo a estas alturas: justo cuando se adentra en esa edad, cruel, en que el ser humano deja de alimentarse de ilusiones para pasar a hacerlo de recuerdos.

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