sábado, 30 de marzo de 2013

Escrache en el Calvario


La tarde del Sábado Santo se concentra en un plafón bajo y grisiento, y desmaña a soplos racheados la coiffure de lujo de las palmeras. Google es un aliado en estas tardes de indecisión meteorológica y luz desangelada, tan poco propicias al garbeo: una palabra al azar en la ventana del buscador pone a bailar los dados del tedio, brinda el extremo de un hilo que conduce tal vez a la huída.  La palabra elegida es escrache. Nos gusta su redondez de moneda lunfarda y equívoca, brillante de rabiosa actualidad, por no hablar de ese breve, delicado crujido de sus sílabas, como un entrechocar de articulaciones contra los adoquines en mitad de una refriega callejera, de esas en las que nunca es posible señalar al culpable. Y el buscador nos trae un artículo de Arcadi Espada en el que se refiere al Via Crucis como el escrache más célebre de la Historia. Bien podría ser; aunque yo a González Pons le veo quizás un poco entrado en carnes para el papel de Nazareno expoliado. No sé qué tal daría encadenado a una columna. Habría que preguntar su opinión a los cofrades sevillanos, cuya intimidad con el misterio les sitúa en mejor posición para bosquejar un quién es quién del parnasillo penitencial. A los sevillanos, a los andaluces en general, les ha sucedido históricamente un poco como a los italianos, creo yo: se les ha tomado por devotos cuando lo que son, en realidad, es gente particularmente dotada para la sublimidad estética. Pero el malentendido, una vez más, indica una feliz intuición de fondo: arte y religión, al cabo, son una misma persecución del absoluto, allende los dominios de la razón. El italiano trasfunde su inquietud estética, más liviana, a la ropa de marca, a la machinetta, al rostro chamuscado de rayos UVA y las deportivas plateadas. El andaluz, en cambio, busca toda su vida sin llegar jamás a calmar su insatisfacción; los días se apagan en su copa de ceniza y le dejan con hambre, y por eso prolonga la busca hasta las últimas habitaciones de la noche, y se adentra lo mismo en el tumulto psicotrópico de un after que en la senda fluorescente de la madrugá.

La Semana Santa no deja de ser la narración de una tortura, y podría haberse quedado en película gore si el genio popular no hubiera interpuesto el filtro de la sublimación estética. Los cofrades de la PAH aplican a la realidad el filtro borroso de su fanatismo, y hacen pasar el acoso por una suerte de medida de último recurso para que se imparta justicia. Me gustaría saber en qué ha contribuido esa presión a mejorar la situación, más allá de servir de escape momentáneo al odio ideológico de algunos. Me gustaría saber por qué se supone que el escrache es más útil que los resortes propios de una democracia –desde las manifestaciones, nos gusten más o menos, a las iniciativas legislativas populares, y, oh, novedad, los votos depositados en una urna—. Tener la democracia a mano y preferir el acoso es igual de sabio que tener una ducha a tu disposición y preferir el desaliño. El olor a sobaco es comprensible en quien no tiene medios de higiene a su alcance, pero no en hijos de familia acomodada. Por muy indignados que estén.

2 comentarios:

  1. Las exquisitas formas acompañadas de palabras precisas y sabiamente elegidas a veces nos alejan de la realidad. Una realidad que prefiere combatir las reacciones y debatir sobre la estética antes incluso de plantearse el fondo. No voy a justificar en absoluto el escrache pero tampoco me parece ético ni estético derramar esfuerzos en combatir las desafortunadas reacciones de un asunto muy complicado, y al mismo tiempo, no dedicar ni una linea a plantearse el origen de la situación.

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    1. Querido anónimo, vaya por delante mi agradecimiento por molestarte en comentar. Por supuesto que hay que plantearse el origen de la situación. En realidad, sospecho que los partidos políticos ya lo han hecho hace tiempo, y han llegado a conclusiones divergentes. Están quienes dicen que a esto nos ha llevado la perversidad intrínseca del sistema capitalista, y quienes dicen que a esto nos ha llevado la perversidad intrínseca de Z y sus secuaces (obviaremos, en interés de la claridad, las posturas intermedias). ¿Cuál de los dos análisis daremos por bueno? Y, sobre todo, ¿podemos dar por bueno, sin más, uno de ellos, en nombre de una legitimidad previa a lo que opine la mayoría, y actuar en consecuencia, pasándonos los “trámites” por el forro? De nuestra respuesta a esta última pregunta se derivan nuestras convicciones democráticas.

      No se trata, como ves, de un debate puramente estético; no te dejes engañar por el primor más o menos logrado de las formas.

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