sábado, 23 de febrero de 2013

Hermano Mayor


Aristóteles fue un experto en televisión siglos antes de que se inventara la televisión, y probablemente adivinó que la necesidad humana de catarsis iba a dar lugar a los más variopintos engendros catódicos, formatos los llaman ahora, que son el guilty pleasure de la intelectualidá. Confieso mi predilección por ese dramón del viernes noche titulado Hermano Mayor. Me fascina por lo mismo por lo que me fascinó la foto de la familia Zapatero con Obama: porque es la constatación en directo de que esos padres blandengues y beatorros, esos que dejan al niño coñazo berrear en las arrocerías sin osar ponerle la mano encima, al final obtienen su justo merecido en forma de adolescente ingobernable. Otra de las satisfacciones de Hermano Mayor, claro está, es esa tensión argumental, hábilmente sostenida en un crescendo del montaje, de ver si por fin el nene resulta adjudicatario, por mediación del presentador cachas, de esa torta que lleva años rifándose. Aunque, en este segundo aspecto, siendo honestos, el programa siempre defrauda las expectativas: como mucho, en los casos más límite, algún forcejeo light. Pero así, de estas con la mano abierta, como la situación lo requiere, nada.

Ése, quizás, sea también el problema de la política en este país: su fracaso como espectáculo. La necesidad del votante, como la de cualquier espectador, no voy a decir de catarsis, de escarnio público y de sangre, pero sí, por lo menos, de conclusión, queda sistemáticamente postergada y finalmente frustrada en este país, y de este coitus interruptus bolañesco, que se prolonga ya décadas, no creo que pueda salir nada bueno. Los malos tienen que pagar, o por lo menos el negro tiene que morir, pero que pase algo, hombre ya. Lo más parecido a una apoteosis que ha tenido la masa en los últimos años nos lo ha dado el fúrgol; lo más parecido a un final feliz fue el muerdo atropellado del portero a la periodista.

Si las naciones, nos lo recuerda periódicamente Gistau, son un relato, las democracias son entonces uno de ésos cuentos escolares rayuelescos, tirando a malillos, de Elige tu propia aventura. Pero la aventura española parece, por momentos, haberla parido un guionista particularmente sádico de nouvelle vague. Tras cada interrogatorio sólo hay un nuevo interrogatorio; tras cada exclusiva, sólo un desmentido igualmente tedioso y poco concluyente; cada declaración de soberanía es seguida, años después, de un tibio y farragoso pronunciamiento del Constitucional. 

No creo que los españoles necesitemos mucho para conformarnos: algún fogonazo ocasional de esa pirotecnia retórica que se usa a diario en la Cámara de los Comunes, o en el congreso estadounidense. Si nuestra capacidad para la épica patriótica no da para tanto, por lo menos que nos sirvan alguna que otra ración de hostia fresca, al estilo parlamentario italiano, surcoreano o balcánico.  Todo, con tal de no sufrir otro Debate sobre el estado de la Nación, u otra Gala de los Goya (por citar sólo dos de los eventos políticos más señalados del panorama patrio) como los de este año: tan milimétricamente ajustados a los cauces de lo previsible; tan burocráticos, tan consabidos. Tan prescindibles, en fin.