lunes, 26 de agosto de 2013

La delegada de Gotham


Cristina Cifuentes surca la noche madrileña como una amazona envuelta en brillos de metal, rock duro y Farmatint. A la hora en que regresan los fantasmas, en que algunos buscan refugio en los minaretes del alcohol, Cifuentes prefiere chutarse una dosis de velocidad. Es fácil imaginársela entre las sombras de su despacho, recién conquistada la orilla opuesta del día, enfundándose la armadura de motera igual que hacía Bruce Wayne con la loriga de murciélago, en la penumbra de la bat-cueva. Pero la vida de Cifuentes es como el negativo de la de un héroe de cómic. El de Gotham combatía el mal en la nocturnidad de sus horas libres, como un pasatiempo anónimo, una terapia contra los traumas de niño rico y el tedio de la beneficencia cotidiana; la Delegada del Gobierno lo hace, en cambio, de ocho a ocho y a cara descubierta, empeñando su imagen pública en llevar la racionalidad a todos los ángulos del callejero. Antes de salir a escena deja entre bambalinas su yo cotidiano, la fragilidad que a veces se adivina en los quiebros de la voz, el vitalismo que atisbamos a través sus tatuajes, como cinco agujeros de berbiquí. Y la bat-cueva en la que desemboca su carrera por el asfalto, me temo, está llena de cuadros de petit-point, cenas recalentadas, y un esposo y unos hijos que, lo más seguro, ya irán por el quinto sueño. 

Cifuentes se ha fajado en una brega cuerpo a cuerpo con la opinión pública, intercambiando sangre y sudor con la bestia de mil cabezas de Twitter. No teme dar la cara y eso me gusta. Sabe, porque no es gilipollas, que esa cercanía con un interlocutor las más de las veces capcioso puede volverse en su contra en cualquier momento; no parece preocuparle demasiado. La opinión pública que le afea sus escuadrones de antidisturbios debería preocuparse más por los escuadrones de asesores tras los que se parapetan otros. Los antidisturbios, es cierto, pueden extralimitarse, pero trabajan bajo el atento y remilgado objetivo de la prensa. Los asesores lo hacen, precisamente, para interponer entre ese objetivo y la realidad un velo de amables evasivas gelatinosas; un plasma de cobardía.

Como era de temer, la sobreexposición se ha vuelto contra ella en las horas más bajas. Cifuentes ha pasado de cosechar panegíricos en la prensa opositora (cuando, a comienzos de su mandato, era la molona delegada republicana y agnóstica), a tener que soportar un escrache sanitario a manos de funcionarios de bata blanca y juramento hipocrático de quita y pon. Reconozco que se me escapa la relación de Cifuentes con la Sanidad pública. Según el argumento de los acosadores, su militancia en el Partido Popular la hace cómplice de una supuesta privatización del servicio. Si ésa es la razón, tampoco acabo de entender por qué pararse ahí: en el otro extremo de ese razonamiento, todos los votantes del PP son en última instancia los cooperadores necesarios de cualquier acción llevada a cabo por el PP. Deberían, junto con la tarjeta sanitaria, pedirnos a nuestro ingreso en el hospital un certificado de afección al pensamiento colectivista: el único, parece ser, que da derecho a ser tratados como seres humanos. 

Afortunadamente para este país, cuya clase política de todo signo está mortalmente ayuna de carácter, va a necesitarse algo más que una algarada de patio de colegio para evitar el regreso de Cifuentes. Espero que las lesiones sufridas no hagan el favor a los energúmenos y volvamos a tenerla pronto en el telediario y en su perfil de Twitter, uno de los pocos no pilotados por un equipo de asesores y becarios. 

Que te mejores pronto, rubia. 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Mourinho: apología y electrólisis


Yose, como pronuncian ahora los comentaristas que se las quieren dar de viajados, tiene el semblante torvo del dandi o el autócrata; y la boca, la parva carnosidad infantil, la lleva fruncida de un desdén y una fatiga indecibles, como alguien condenado a escuchar, una vez tras otra, el mismo chiste malo. Mou es su haz y su envés, una verdad contra el mundo, y su ambivalencia no es fruto de sus propios claroscuros sino de los claroscuros de ese mundo, que le juzga porque se siente juzgado por él. El de Setúbal acata el veredicto, tal vez se fuma un puro con él, desde el túnel imperturbable de sus ojeras, corolas de asceta o de dipsómano en que se nos sirve una mirada que no acabamos de descifrar, una mirada de neblí ejecutor o de inocente efigie pompeyana que es, sin embargo, siempre la misma: lo distinto, lo contradictorio, es el objeto en que se posa.  Los últimos años, su mirada se ha posado sobre la sociedad española, esa sala de prensa de la incongruencia, coagulada en torno a él como un compuesto corrosivo de ácidos intestinales que ha tratado de digerirle, de reducirle a una papilla capaz de ser procesada sin sobresaltos por las entrañas de la beatería y de la corrección política. Que ha acabado, al fin, expeliéndole como a un cuerpo extraño. La sociedad descansa ya, en esa calma sin bienestar del vientre tras el vómito.

Mourinho, no lo olvidemos, no tiene mayor relevancia, como no la tiene el fútbol mismo. El vial de la épica, el excipiente de la majestuosidad con que se administra el fútbol, son capaces de hacernos olvidar que se trata de un simple pasatiempo sin más trascendencia que la de ocupar unas horas muertas de la semana, sustrayéndolas con cierto éxito a un vacío en que se hace demasiado audible el ruido blanco de la muerte. No es poco, aunque ese papel podría cumplirlo cualquier otra distracción, y así ha sido en otras épocas. Sin embargo, siempre es interesante comprobar cómo, ante esos pasatiempos banales, la sociedad proyecta sus obsesiones como ante una de esas láminas de Rorschach de enigmáticas manchas en las que cada uno ve lo que lleva dentro. De la abundancia del corazón habla la boca, dice el Evangelio. Con motivo o sin él; venga a cuento o no. Por eso, independientemente del resultado, ha sido un experimento divertido sumergir el electrodo Mourinho en el agua calma y cementosa de un club como el Real Madrid, en el remanso tibio y bovino de la opinión pública española, en la ciénaga de la corrección de donde no osábamos asomar la cabeza; dejarnos sacudir, por un breve y delicioso instante, por una electrólisis inesperada que nos obliga a retratarnos, dividiendo al padre contra el hijo y al hijo contra el padre, a la madre contra la hija y a la hija contra la madre, a los contertulios contra los reporteros y a los presentadores contra los jefes de prensa, todos entregados al paroxismo, compelidos a reorientarnos hacia uno de los dos polos posibles, cuestionándonoslo todo en el proceso. Pensando y debatiendo, aunque haya sido sobre el vacío: nos queda la esperanza de que nos haya servido de entrenamiento para hacerlo sobre cuestiones más dignas de tal empeño.

sábado, 30 de marzo de 2013

Escrache en el Calvario


La tarde del Sábado Santo se concentra en un plafón bajo y grisiento, y desmaña a soplos racheados la coiffure de lujo de las palmeras. Google es un aliado en estas tardes de indecisión meteorológica y luz desangelada, tan poco propicias al garbeo: una palabra al azar en la ventana del buscador pone a bailar los dados del tedio, brinda el extremo de un hilo que conduce tal vez a la huída.  La palabra elegida es escrache. Nos gusta su redondez de moneda lunfarda y equívoca, brillante de rabiosa actualidad, por no hablar de ese breve, delicado crujido de sus sílabas, como un entrechocar de articulaciones contra los adoquines en mitad de una refriega callejera, de esas en las que nunca es posible señalar al culpable. Y el buscador nos trae un artículo de Arcadi Espada en el que se refiere al Via Crucis como el escrache más célebre de la Historia. Bien podría ser; aunque yo a González Pons le veo quizás un poco entrado en carnes para el papel de Nazareno expoliado. No sé qué tal daría encadenado a una columna. Habría que preguntar su opinión a los cofrades sevillanos, cuya intimidad con el misterio les sitúa en mejor posición para bosquejar un quién es quién del parnasillo penitencial. A los sevillanos, a los andaluces en general, les ha sucedido históricamente un poco como a los italianos, creo yo: se les ha tomado por devotos cuando lo que son, en realidad, es gente particularmente dotada para la sublimidad estética. Pero el malentendido, una vez más, indica una feliz intuición de fondo: arte y religión, al cabo, son una misma persecución del absoluto, allende los dominios de la razón. El italiano trasfunde su inquietud estética, más liviana, a la ropa de marca, a la machinetta, al rostro chamuscado de rayos UVA y las deportivas plateadas. El andaluz, en cambio, busca toda su vida sin llegar jamás a calmar su insatisfacción; los días se apagan en su copa de ceniza y le dejan con hambre, y por eso prolonga la busca hasta las últimas habitaciones de la noche, y se adentra lo mismo en el tumulto psicotrópico de un after que en la senda fluorescente de la madrugá.

La Semana Santa no deja de ser la narración de una tortura, y podría haberse quedado en película gore si el genio popular no hubiera interpuesto el filtro de la sublimación estética. Los cofrades de la PAH aplican a la realidad el filtro borroso de su fanatismo, y hacen pasar el acoso por una suerte de medida de último recurso para que se imparta justicia. Me gustaría saber en qué ha contribuido esa presión a mejorar la situación, más allá de servir de escape momentáneo al odio ideológico de algunos. Me gustaría saber por qué se supone que el escrache es más útil que los resortes propios de una democracia –desde las manifestaciones, nos gusten más o menos, a las iniciativas legislativas populares, y, oh, novedad, los votos depositados en una urna—. Tener la democracia a mano y preferir el acoso es igual de sabio que tener una ducha a tu disposición y preferir el desaliño. El olor a sobaco es comprensible en quien no tiene medios de higiene a su alcance, pero no en hijos de familia acomodada. Por muy indignados que estén.

domingo, 3 de marzo de 2013

Noblesse oblige


Larsen. Ése es el apellido de soltera de Corinna; el botón de muestra con que cierra el corpiño nativo de su burguesía, ese celuloide de la economía conyugal que guarda el tacto de su yo más íntimo y plebeyo, marchita flor de lis, varias capas por debajo del afeite y del ropaje cortesano. Si Unamuno no hubiera aprendido el idioma de los jutos, dicen, para mejor paladear las filigranas teológicas de Kierkegaard, no habría dudado en hacerlo con tal de inhalar de primera mano el aroma doméstico de ese apellido, y degustar en su versión original la bella impostura que duerme bajo el Zu-nosecuántos. Cuánta prosa se han dejado sin contar el ¡Hola! y el París Match.

No me cabe duda de que España está en deuda con Corinna; no, quizás, como ella pretende, por haber prestado servicios de alguna valía, sino más bien por haber conferido al sainete nacional, por momentos tan ramplón, una pátina de alta intriga. O por haberlo, al menos, intentado: porque ese Larsen de turista barrigudo, como una mancha low-cost en el pedigrí, no va a pasar inadvertido al escrutinio desmitificador para el que nuestra raza está (por suerte o por desgracia) tan singularmente dotada.

Siempre ha habido un hueco en la ficción para esa estirpe de seres fabulosos y apátridas capaces de aparecer hoy en Jeddah y mañana en Montecarlo, fastuosos mercenarios de la diplomacia internacional recubiertos de cultura exquisita, que portan secretos irrevelables cuya irradiación sólo ellos, su peculiar contextura libertina, es capaz de resistir sin sucumbir al escrúpulo. Ellos conocen la verdad extraoficial, ésa que se hurta al pueblo por su propio bien. La existencia de ese estamento de iniciados se compadece mal con las democracias pues nos hace preguntarnos si no estaremos más bien viviendo en una suerte de despotismo de fachada popular. Ésa era la alcurnia en la que aspiraba a ingresar Corinna: la de los que saben. Lo único que cabe afearle es haberse creído su propia novela, o haber pretendido hacérnosla creer a los demás.

No seré yo, desde luego, quien disipe el ensalmo. En tanto que de rosa y azucena, Corinna ha podido pasar por una Milady de Winter que se movía entre bambalinas como pez en el agua. Bajo el foco abrasador de la canalla, es sólo una Bienvenida Pérez con filtro de Instagram; a lo más, una Zoraida de postín en el harén del jeque Borbón. Me parece contrario a la caridad, y a esa deuda que hemos contraído con ella, malbaratarle el espejismo a estas alturas: justo cuando se adentra en esa edad, cruel, en que el ser humano deja de alimentarse de ilusiones para pasar a hacerlo de recuerdos.

sábado, 23 de febrero de 2013

Hermano Mayor


Aristóteles fue un experto en televisión siglos antes de que se inventara la televisión, y probablemente adivinó que la necesidad humana de catarsis iba a dar lugar a los más variopintos engendros catódicos, formatos los llaman ahora, que son el guilty pleasure de la intelectualidá. Confieso mi predilección por ese dramón del viernes noche titulado Hermano Mayor. Me fascina por lo mismo por lo que me fascinó la foto de la familia Zapatero con Obama: porque es la constatación en directo de que esos padres blandengues y beatorros, esos que dejan al niño coñazo berrear en las arrocerías sin osar ponerle la mano encima, al final obtienen su justo merecido en forma de adolescente ingobernable. Otra de las satisfacciones de Hermano Mayor, claro está, es esa tensión argumental, hábilmente sostenida en un crescendo del montaje, de ver si por fin el nene resulta adjudicatario, por mediación del presentador cachas, de esa torta que lleva años rifándose. Aunque, en este segundo aspecto, siendo honestos, el programa siempre defrauda las expectativas: como mucho, en los casos más límite, algún forcejeo light. Pero así, de estas con la mano abierta, como la situación lo requiere, nada.

Ése, quizás, sea también el problema de la política en este país: su fracaso como espectáculo. La necesidad del votante, como la de cualquier espectador, no voy a decir de catarsis, de escarnio público y de sangre, pero sí, por lo menos, de conclusión, queda sistemáticamente postergada y finalmente frustrada en este país, y de este coitus interruptus bolañesco, que se prolonga ya décadas, no creo que pueda salir nada bueno. Los malos tienen que pagar, o por lo menos el negro tiene que morir, pero que pase algo, hombre ya. Lo más parecido a una apoteosis que ha tenido la masa en los últimos años nos lo ha dado el fúrgol; lo más parecido a un final feliz fue el muerdo atropellado del portero a la periodista.

Si las naciones, nos lo recuerda periódicamente Gistau, son un relato, las democracias son entonces uno de ésos cuentos escolares rayuelescos, tirando a malillos, de Elige tu propia aventura. Pero la aventura española parece, por momentos, haberla parido un guionista particularmente sádico de nouvelle vague. Tras cada interrogatorio sólo hay un nuevo interrogatorio; tras cada exclusiva, sólo un desmentido igualmente tedioso y poco concluyente; cada declaración de soberanía es seguida, años después, de un tibio y farragoso pronunciamiento del Constitucional. 

No creo que los españoles necesitemos mucho para conformarnos: algún fogonazo ocasional de esa pirotecnia retórica que se usa a diario en la Cámara de los Comunes, o en el congreso estadounidense. Si nuestra capacidad para la épica patriótica no da para tanto, por lo menos que nos sirvan alguna que otra ración de hostia fresca, al estilo parlamentario italiano, surcoreano o balcánico.  Todo, con tal de no sufrir otro Debate sobre el estado de la Nación, u otra Gala de los Goya (por citar sólo dos de los eventos políticos más señalados del panorama patrio) como los de este año: tan milimétricamente ajustados a los cauces de lo previsible; tan burocráticos, tan consabidos. Tan prescindibles, en fin.