domingo, 23 de septiembre de 2012

Jackpot de Esperanza


Se ha sacado Esperanza una última carta del refajo y era el as de Eurovegas. Del mismo refajo donde lleva escondido el puñal por el que sangra –eso del puñal está en la calle, aunque la calle a veces se equivoca. Más le vale acertar, a ella, con lo del casino: yo no sé cuantas cartas ni cuántos telediarios le quedan a Esperanza, pero se pira y nos deja esta herencia y, ya sea como su gran acierto o como su gran cagada, ahí se va a quedar. La fruta triple del vicio va a arraigar mejor que las acacias en la postal del extrarradio madrileño, mitad western y mitad polígono. Se ve venir que Madrid, con sus murallas de ciudad dormitorio, es un campo abonado para la metástasis del pecado. Ya hay una noche capitalina muy consagrada, una orquídea de neón que hunde sus raíces en la soledad de los viajantes. Las aguas subterráneas del ocio nocturno discurren bajo blancas jornadas de folios y papel timbrado, notarios, ministerios, pagarés, salas de espera, bajo los zapatos lustrosos como perros de lujo de los ejecutivos, de los comensales de Horcher, del sueño enmoquetado del Villamagna. El sexo y la muerte llegan por la noche, impregnados de azar. Ahí está el casino de Torrelodones, donde se juegan los preliminares lúdicos del Flowers. Y el bingo del Canoe, que es la antesala de la muerte clínica.
            
La oposición recela de tanta promesa y tanta cornucopia, más por beatería que por prudencia. La palabra casino está proscrita en el abecé del bienhablante porque significa el capitalismo. La Cuba de Batista, como quien dice. En la Habana nos explicaron que en tiempos de Batista aquello era el prostíbulo de los americanos; nos lo explicó una guía en una plaza mientras, ante nuestros ojos y a plena luz del día, varias niñas de diez años se vendían al mejor postor entre comba y rayuela. Pero sí: la miseria, la prostitución, el juego y el capitalismo. Son cosas que vienen unidas en los diagramas de Venn con que algunos se explican la realidad.



lunes, 17 de septiembre de 2012

De purísima y oro


Ignoro los caminos por los que alguien se hace antitaurino y no, por ejemplo, anticaza o antifoie de oca. Ya sé que quien se proclama lo uno probablemente será también lo otro; no se imaginen que intento escurrirme por la linde viscosa del silogismo. Pero, piénsenlo, ¿de dónde le viene al toro esa cualidad totémica que lleva, incluso a sus detractores, a elegirlo como símbolo de su repudio multidireccional? Probablemente sea la misma que llevó a tantos creadores –insértese aquí la fatigosa referencia a Hemingway, a Cocteau, a Picasso –a bajarse a la ribera meridional y arcaica de la tauromaquia, esa constelación del inconsciente colectivo que sigue bogando en el agua gris de nuestras neuronas.

Yo no soy taurino más que por contagio. Los toros son un arte que tiene mucho de tratadística, una aridez no apta para el diletante, un jardín de polvo vedado al profano y al turista que va a la plaza a sacar la foto de la incomprensión, a perder quizá el aliento ante un espectáculo, y no. No, porque el toro son las Siete Partidas de una intuición que va masticando el tendido como un solo hombre sudoroso, y lo que pasa en el ruedo es sólo un átomo de lo que está pasando en las bisagras del mecanismo taurino, el resorte que echa a andar el juego de esferas suspendido sobre los cuernos del morlaco, los pianos, las recepciones de hotel, los gacetilleros de provincias mareados de espuma, el madrigal del frío en las retamas. Así que no es el toro, sino su eco en la subjetividad, y eso hace del toreo un arte moderno, una vanguardia equiparada para siempre a la abstracción porque funciona, igual que ésta, como una reverberación del yo. El toro es la connotación, como un Messiaen que lanza su acorde fortuito no a la hueca atmósfera del auditorio, sino a las entretelas del alma.  Se lucha en vano contra algo que ha muerto ya, que languidece en el mismo trastero que la música clásica y que todos aquellos placeres que exigen un mínimo de instrucción. Hoy no quedan segundos que perder.

Toro en golpe de mar como mi pena. El toro es arte; el arte es una necesidad humana igual que el comer, el pan y la sal del alma. Si admitimos que el animal no es el humano y que por ello, por no ser el humano, puede ser usado como medio para satisfacer los fines del humano, es agotadoramente fútil circunscribir esos fines a lo material, a lo alimentario.