domingo, 5 de febrero de 2012

Nuevos viejos rostros

Dice Proust en algún lado que el mundo es una representación en la que el número de actores es limitado, y tras cada cambio de rasante de la vida nos encontramos con viejos conocidos en situaciones y lugares en los que nunca nos los hubiéramos imaginado, como en un papel que hubiera sido escrito para otro. La intuición medieval ya pintaba a la Fortuna como una rueda impredecible, y la tele no ha inventado nada nuevo cuando nos llama a la orilla de una ruleta caprichosa para repartirnos unos euros.

Mi Alzheimer precoz me impide ser muy de citas, pero me he vuelto a acordar de eso de Proust estos días, porque otro tanto le deberá estar ocurriendo a Felipe, creo yo, cuando piense en Rubalcaba; el Rubalcaba fiel segundón que él conoció y trató en los días de la Moncloa, que quizás no sea el Rubalcaba maquiavélico de la imaginación popular. Rubalcaba hubiera dado muy bien como uno de esos figurantes cerúleos que puso el Greco a hacer bulto en el entierro del Conde Orgaz, y de ese eterno abono de segunda fila los ajenos al poder hemos derivado la fácil conclusión de sus artes conspiratorias. Su ascenso imparable de derrota en derrota ha confirmado tal vez esas sospechas del espectador, pero para el antiguo aparato del felipismo debe de haber sido como encontrarse al administrador de toda la vida convertido en orgulloso propietario de la finca, y ahora se hacen visibles en sus manos las antiguas crucetas del PSOE, ese retablo de Maese Pérez cuyos largos hilos, dicen, vertebran España tanto como El Corte Inglés y la Guardia Civil.

Inesperada o no, la derecha y gran parte de la izquierda han respirado con alivio con la llegada de Rubalcaba, en que se quiere ver una palada de tierra sobre el ataúd del zapaterismo. Pero me temo que el zapaterismo no es una mera coincidencia de personajes en unos años determinados, sino una tentación persistente de Occidente, y recorre Europa como aquel otro célebre fantasma, buscando echar raíces allí donde el sentido común ofrezca el menor síntoma de anemia. Frente a esa “izquierda sensata” de antes, que tanto ha estado en boca de la derecha (la nostalgia de la derecha es omnicomprensiva y alcanza incluso a los antiguos adversarios, cuyo recuerdo queda equiparado más o menos al del consabido aceite de ricino, amargo pero benéfico), el zapaterismo es la tentación de apuntarse de forma irreflexiva a la última reivindicación, por delirante que sea: lo mismo los derechos del mono que la revisión igualitaria de la literatura infantil, o cualquier impulso de victimismo centrífugo. El campo de la justicia social, por desgracia muy amplio aún, se queda pequeño ante el empuje de las ansias reivindicatorias zapateriles. Uno comprende que puede ser una sensación muy placentera, muy satisfactoria para el ego, la de ir por la vida como una moderna Juana de Arco. Sentirse un adalid de la justicia, dispuesto a exhalar el último alieto por los más oprimidos es un subidón capaz de hacer que la propia existencia cobre una relevancia mesiánica. De colmar los más profundos vacíos vitales; tal vez incluso los de Leire Pajín. Sospecho que es también una sensación altamente adictiva y que, como tal, tiende a desembocar en hipertrofia. Es casi de esperar que no encuentre, en las reivindicaciones tradicionales del socialismo, un objeto suficiente, y se desparrame hacia todas aquellas causas peregrinas que puedan estar necesitadas de los servicios de un caballero blanco profesional. Al final, uno acaba compartiendo piso con decenas de gatos, en medio de fiebres quijotescas, diciendo cosas como que la tierra es del viento, etcétera, pero es una tentación política imposible de atajar porque entronca, por desgracia, con el deseo del hombre de dar sentido a su propia existencia. El problema es cuando el líder considera que la defensa de esas chifladuras más o menos benévolas le justifica en grado suficiente, y le excusa de la tediosa, durísima e ingrata misión de velar por el auténtico bien común; una misión para la que hay que embadurnarse de la compleja harina del presupuesto, para la que hay que plantarse en los foros internacionales dispuesto a caer mal. Cuando el líder se olvida de que se le quiere para eso, de que el pueblo le necesita para eso, y se dedica al cultivo de aquellas causas que le puedan rentar protagonismo, como quien cultiva bonsáis, se acercan naufragios como los que hemos vivido en la última legislatura.

Pero naufragios y todo, el candidato de la sensatez no ha arañado más que un puñado de votos de ventaja. Prueba suficiente de que el zapaterismo está vivito y coleando. Y a juzgar por el discurso de Chacón ante los delegados, no parece que vaya a haber ningún examen de conciencia.