domingo, 22 de enero de 2012

Cristina

A un tiro de peaje de Madrid hay una Castilla aspergida de nieve como una virgen niña, pero en la capital el invierno ya anuncia que se va sin deshacer las trenzas carbónicas del cielo. Madrid se va a quedar en su burbuja de aire oxidado, como esas ciudades de souvenir condenadas a una tormenta de corcho perpetuo. Vieja y doliente, la Corte acusa los males de todo el territorio, las corruptelas levantinas, la indolencia del sur, el esnobismo condal, y exhibe la mantilla luctuosa de la derrota. Barcelona ha disputado por décadas la capitalidad moral a Madrid, pero es la capitalidad inmoral la que, en realidad, lleva aparejados el poder y la grandeza; esa disposición a impregnarse de todo sin criterio, como un epítome festivo de todo lo bueno y de todo lo malo; a admitir sin chistar que habla con ejque, porque es verdad que tiene hijos manchegos. Madrí es capaz de ir recogiendo harapos y componerse un traje de reina, lleva siglos haciéndolo; y de bajar a peinar su orgullo al espejo fecal del Manzanares, el espejo del chonismo en que el burgués catalán no quiere verse cuando arraiga en Sant Cugat como una mala hierba. Al burgués le falta experiencia aristocrática; quizás por eso está siempre dispuesto a echarse un café con su portero en plan rusoniano, pero no concibe que toda capital necesita sus cockney, sus east-enders, su banlieue, la prole atónita y sin cuento afluida de todos los rincones del orbe, que lleva el anda del Estado y sufre los inconvenientes de la gran ciudad sin gustar una sola de sus ventajas. Barna se pone las gafas de pasta de una modernidad emuladora y acrítica; casa con suecas, que por algo es europea, una Estambul lastrada de esteparios morenos; o casa en su defecto con un capitán de balonmano periférico y áureo. Que luego sale rana, claro, porque es el sino de los yernos premium. Pero Urdangarín tiene una mirada límpida y exculpatoria que ha legado a sus hijos, y para una vez que podíamos los españoles tener una familia real presentable después de siglos de fealdad borbónica va y la jode. Con eso ha ocurrido como con tantas cosas en España: que otro siglo será. La belleza aleatoria de la honesta Letizia no va a alcanzar, me temo, a redimir de tanta inercia genética más que a un par de generaciones, y condena al prognatismo a otra sala del Museo del Prado, como poco. Y será el Madrid impúdico quien se encargue de exhibir, ante la mirada de incomprensión de los japoneses, el catálogo de las vergüenzas familiares, para que Barcelona pueda otra vez jugar a ser Cristina, la hija enseñable y lista.