domingo, 23 de septiembre de 2012

Jackpot de Esperanza


Se ha sacado Esperanza una última carta del refajo y era el as de Eurovegas. Del mismo refajo donde lleva escondido el puñal por el que sangra –eso del puñal está en la calle, aunque la calle a veces se equivoca. Más le vale acertar, a ella, con lo del casino: yo no sé cuantas cartas ni cuántos telediarios le quedan a Esperanza, pero se pira y nos deja esta herencia y, ya sea como su gran acierto o como su gran cagada, ahí se va a quedar. La fruta triple del vicio va a arraigar mejor que las acacias en la postal del extrarradio madrileño, mitad western y mitad polígono. Se ve venir que Madrid, con sus murallas de ciudad dormitorio, es un campo abonado para la metástasis del pecado. Ya hay una noche capitalina muy consagrada, una orquídea de neón que hunde sus raíces en la soledad de los viajantes. Las aguas subterráneas del ocio nocturno discurren bajo blancas jornadas de folios y papel timbrado, notarios, ministerios, pagarés, salas de espera, bajo los zapatos lustrosos como perros de lujo de los ejecutivos, de los comensales de Horcher, del sueño enmoquetado del Villamagna. El sexo y la muerte llegan por la noche, impregnados de azar. Ahí está el casino de Torrelodones, donde se juegan los preliminares lúdicos del Flowers. Y el bingo del Canoe, que es la antesala de la muerte clínica.
            
La oposición recela de tanta promesa y tanta cornucopia, más por beatería que por prudencia. La palabra casino está proscrita en el abecé del bienhablante porque significa el capitalismo. La Cuba de Batista, como quien dice. En la Habana nos explicaron que en tiempos de Batista aquello era el prostíbulo de los americanos; nos lo explicó una guía en una plaza mientras, ante nuestros ojos y a plena luz del día, varias niñas de diez años se vendían al mejor postor entre comba y rayuela. Pero sí: la miseria, la prostitución, el juego y el capitalismo. Son cosas que vienen unidas en los diagramas de Venn con que algunos se explican la realidad.



lunes, 17 de septiembre de 2012

De purísima y oro


Ignoro los caminos por los que alguien se hace antitaurino y no, por ejemplo, anticaza o antifoie de oca. Ya sé que quien se proclama lo uno probablemente será también lo otro; no se imaginen que intento escurrirme por la linde viscosa del silogismo. Pero, piénsenlo, ¿de dónde le viene al toro esa cualidad totémica que lleva, incluso a sus detractores, a elegirlo como símbolo de su repudio multidireccional? Probablemente sea la misma que llevó a tantos creadores –insértese aquí la fatigosa referencia a Hemingway, a Cocteau, a Picasso –a bajarse a la ribera meridional y arcaica de la tauromaquia, esa constelación del inconsciente colectivo que sigue bogando en el agua gris de nuestras neuronas.

Yo no soy taurino más que por contagio. Los toros son un arte que tiene mucho de tratadística, una aridez no apta para el diletante, un jardín de polvo vedado al profano y al turista que va a la plaza a sacar la foto de la incomprensión, a perder quizá el aliento ante un espectáculo, y no. No, porque el toro son las Siete Partidas de una intuición que va masticando el tendido como un solo hombre sudoroso, y lo que pasa en el ruedo es sólo un átomo de lo que está pasando en las bisagras del mecanismo taurino, el resorte que echa a andar el juego de esferas suspendido sobre los cuernos del morlaco, los pianos, las recepciones de hotel, los gacetilleros de provincias mareados de espuma, el madrigal del frío en las retamas. Así que no es el toro, sino su eco en la subjetividad, y eso hace del toreo un arte moderno, una vanguardia equiparada para siempre a la abstracción porque funciona, igual que ésta, como una reverberación del yo. El toro es la connotación, como un Messiaen que lanza su acorde fortuito no a la hueca atmósfera del auditorio, sino a las entretelas del alma.  Se lucha en vano contra algo que ha muerto ya, que languidece en el mismo trastero que la música clásica y que todos aquellos placeres que exigen un mínimo de instrucción. Hoy no quedan segundos que perder.

Toro en golpe de mar como mi pena. El toro es arte; el arte es una necesidad humana igual que el comer, el pan y la sal del alma. Si admitimos que el animal no es el humano y que por ello, por no ser el humano, puede ser usado como medio para satisfacer los fines del humano, es agotadoramente fútil circunscribir esos fines a lo material, a lo alimentario.

jueves, 30 de agosto de 2012

Lo de emprender

Está el personal últimamente muy encoñado con eso del emprendimiento, una moda o propensión colectiva que recorre las redes sociales. Si hacemos caso a las mamarrachadas que cuelga ese mismo personal en sus perfiles, España ha pasado a ser de la noche a la mañana la mayor cuna de emprendedores de la Historia, quizás sólo por detrás de la Argentina, que como todos saben es ese nuevo mundo plagado de oportunidades. Si uno no ha vendido una escoba en su vida, no es obstáculo. Siempre puede decir que tiene una personalidad emprendedora. Así que tenemos, parece, un rebaño de líderes. Lo del gintónic va pasando poco a poco, pero parece que lo del líder barra emprendedor se queda un rato.
Que no se me entienda mal: a uno le parece que esto de reivindicar al emprendedor, de redimirle de esos grabados del diecinueve en los que siempre sacaban al lobo capitalista con guantes y chaleco, es justo y necesario, y hasta oportuno en estos días. España está convaleciente no sabemos muy bien de qué, y está por decidir si tiene cura o es crónico. Más que de un médico, estamos necesitados de un mago, que saque puestos de trabajo de la chistera a ser posible. Al menos, de la era post-Jobs, hemos sacado en claro que el milagro no está en colectivizar segadoras, telares ni un lineal de Hacendado, sino el conocimiento y la cultura, que son los medios de producción modernos, y otro gallo nos cantaría si los Sánchez Gordillo del momento hicieran su cruzada desde esas aulas que dejaron vacantes.
Dicho lo cual. Que ahora lo de emprender se ha convertido en una moda imberbe, o es a cierta juventud lo que la camiseta del Che a otra cierta juventud. La juventud, que anda sedienta de espejismos, ha comprado la última burbuja del liderazgo y corre a aprender en los estantes del VIP’s esa nueva ascética del management. La mayor librería del país vende mitad novela histórica, mitad manuales de gestión empresarial y, entre los precocinados y las fundas del iPhone, uno puede soñar que se convertirá en su propio jefe con solo leer cosas mal escritas sobre quesos. O traducciones chuscas de El arte de la guerra pasadas por agua e inglés californiano.
Por su propia definición, líderes hay pocos; a veces, incluso, sólo uno. Una pirámide en la que todos los puntos son vértices ya no es una pirámide sino otra cosa que no se entiende, pero al currito se le vende la panoplia del líder como algo al alcance de la mano. Eso de ser el jefe de uno mismo, piensa el currito, debe de ser como no tener jefe. La polla, vamos. Las multinacionales se relamen con esta especie de pócima de la motivación que se han inventado y que les quitan de las manos, porque tener una oficina obsesionada con triunfar es mucho más productivo que tener una oficina obsesionada, un poner, con ser buenos padres, con la verdad o con el sentido de la vida.
Y ahí está la madre del cordero. Lo del culto al individuo que logra cosas es algo como muy renacentista, pero cuando el único logro que se le pone delante es la zanahoria del éxito económico (ni siquiera el profesional, no: el éxito de los negocios), la felicidad cojea como una mesa vieja. La felicidad va a cojear siempre, no nos engañemos, pero una biografía de Steve Jobs no basta para calzarla; hará falta, además, alguna buena novela, algún tratado de arte, un libro de poemas, y un par de revistas de ésas de alegrar el ojo.
Y ya verán que ni aún así.

España cani

Umbral nos deja la noticia del país que fuimos en una colección de artículos publicada bajo el título España cañí. La España de unos años que pasó ante el espejo contemplando su desnudo, antes de dar el paso a las candilejas de la modernidad, con el peplo inconsútil de la democracia aún fresco sobre la piel de ninfa. Es, quizás, la España más España de la Historia reciente, una foto de camerino birlada por el genio tras la puerta entornada, emborronando arruga y maquillaje en una estampa de turbia clarividencia.
Me dice uno que ha leído “España Cani” en la portada, por descuido; un descuido certero, en todo caso, porque me parece que ése sería, precisamente, el título del retrato umbraliano de la España de hoy. La España en el espejo de aquella hora, la de la Transición, era una España acomplejada, renegadora de los lunares atávicos que se iba descubriendo sobre la piel de luna. Una España cañí, más cañí que nunca e inoportunamente cañí, justo cuando menos querían serlo los padres de la patria, la intelectualidad del momento, las portadas del Interviú. Pasa un poco de eso ahora, en el momento en que todos querríamos ser escandinavos, y volvemos la cabeza ante lo cani, que es una infusión de todas las vulgaridades que nos gustaría extirparnos. Pero me temo que no nos podemos extirpar sin más lo cani porque es un órgano vital por donde respiramos. Lo cani es fruto del desahogo, ya que no de la prosperidad, del obrero; un coágulo de fantasía en forma de oros y peluches. Un butrón por donde huir del extrarradio detrás de la portada de un best-seller, y entre juegos y tronos pasar volando las seis paradas del cercanías.
Lo cani es, probablemente, lo cañí reloaded, desbastado de eñes y tildes por si tiene que valer, en un momento dado, de nombre de dominio;  un nuevo sur que sirve de refugio a los adolescentes sin posibles y en el que no hay que tener máster y casi ni abecé para que le acepten a uno; basta con una foto frente al espejo del baño. Eso sí: lo cañí era objeto de enamoramiento por parte de una clase culta que no tenía dónde mirar en busca de modelo estético. Las élites de ahora ignoran lo cani porque andan pendientes del escaparate global y las tendencias se ventilan en Ascot y en Victoria’s Secret, que ya les vale a las élites de ahora. Ya no vamos a asistir a ese ensimismamiento castizo de las duquesas de antaño. Lo cual significa que lo cani se va a quedar en cani, y no va a ser mitificado ni glosado ni va a ser reinterpretado, ni le van a echar piropos, precisamente, cuando pase bajo el andamio literario. O vaya usted a saber.   

martes, 28 de agosto de 2012

Querida Rosa

Querida Rosa:
Sé que no te importará que te tutee y prescinda de otra fórmula que la llaneza, o la llanura, aunque nunca te haya saludado en persona. Tampoco sé muy bien que te diría si se diera el caso. A veces he tenido la ocasión de saludar a prohombres (y, me imagino, promujeres), sólo para constatar mi patológica falta de reflejos en tales situaciones. Mis reflexiones, además, son las de un ciudadano de a pie, preocupado como tantos por la marcha de mi país. Las conoces y haces tuyas, en gran parte.
Rosa, sueño de nadie bajo tantos párpados que dijera Rilke, ese checo que escribía en el alemán del imperio, cuajándolo de ángeles. Tú hablas el español de un imperio naufragado, y lo hablas con el mismo acento de los marineros vascos que llevaban por los mares el plus ultra del caserío y dejaban la Patagonia sembrada de apellidos. Ese español de cinco vocales, dicen que por contagio del minimalismo vascuence en los reductos de la reconquista, es un pentagrama que llega, echándole voluntad política, para ser bilingüe en batúa, pero con el inglés ya lo tenemos más jodido. Dicen los expertos de la oratoria que eres, con Gallardón, el mejor pico del hemiciclo, una Juana del arco parlamentario. Yo disfruto al verte posada en la tribuna, aturdiendo a la bancada espesa con manguerazos de Robespierre. Hasta las leyes de bases que cantas de carrerilla las dejas en brasas.
En El mundo de ayer, que estoy leyendo estos días, Stefan Zweig repasa el cambio de siglo y las dos guerras, que él vivió desde la primera fila de su Austria natal. Zweig, que acabó sus días como un judío apátrida, desterrado de esa Europa que soñó como un gran hermanamiento, transpira una angustia muy similar a la de este minuto, un sentimiento de derrota que es primo hermano del que hoy nos invade al contemplar cómo el mundo que se ama, donde aún significa algo el pacto de caballeros de la democracia, va enfilando el desastre sin solución posible.
También hoy hay peligro, me temo, de que la vida de las personas, de los peatones de la Historia y la política, quede atrapada en el fuego cruzado de la lucha ideológica, emparedada entre unas fuerzas políticas con intereses cada vez más ajenos a los de la ciudadanía. Sin que nadie se preocupe por la causa de la normalidad, de la sensatez, de todo aquello sobre lo que, por encontradas que sean nuestras posiciones, sí hay un acuerdo posible y necesario. Se agradece ese coro de voces, pequeñas y perennes, que llevas con batuta dicen que férrea, empeñada en defender lo que debe ser defendido.
Llueven juicios sobre ti, encendidos y variopintos. Te acusan de facha y de roja, de oportunista y de intransigente, de extremista y de tibia. Te van a dar, Rosa, hasta en el DNI. Yo creo que no quieres DNI vasco para no recibir ahí también. Es lo que tiene tocar los cojones a diestro y siniestro, transversalmente. Lo de la transversalidad es un sacerdocio ingrato y generoso. Ojalá que engendre hijos políticos. Ya tienes una prole que es de su padre y de su madre, y te siguen cómicos y catedráticos de lógica y amas de casa. Las dos Españas convergen en torno a tu programa escrito en piedra como las tablas de la ley. En lo demás, has decretado libertad de conciencia, y eso, creo, hace la mayor parte del appeal de UPyD: no se trata de suplantar la conciencia de nadie, sino de hacer posible la coexistencia de las distintas conciencias, tratando de poner en claro, sin dogmatismos, las condiciones de posibilidad de esa coexistencia. Sigue por ahí. Jamás pienses que es necesario adoptar una postura oficial sobre todas y cada una de las controversias del momento, como hacen quienes creen estar en posesión de la verdad absoluta. Un partido político no es una religión, ni sus seguidores tienen por qué tener siempre a mano un catecismo de urgencia. No sucumbas a las voces que, de uno y otro lado, te instan a retratarte, con el obvio afán de encasillarte en una tendencia y que te dejes unos cuantos miles de votos en la gatera. No sucumbas al horror vacui, llenando de dogma los espacios que corresponden al pluralismo. No necesitas ofrecer un “sistema de pensamiento” para hacer una política seria: te basta con ofrecer pensamiento genuino, en un escenario dónde éste brilla por su ausencia, acallado desde hace rato por el estrépito de dos monolitos en plena colisión.
Pues eso quería decirte, Rosa. Que no sé por qué creo que, si a Stefan Zweig le hubiera tocado vivir en nuestra época, haríais buenas migas.







lunes, 26 de marzo de 2012

Visa para un sueño

Mi infancia de clase media, o así, data de los primeros noventa. Por entonces, los negros eran todavía un fenómeno paranormal en España. Fue a comienzos de aquella década prodigiosa cuando las chachas dominicanas okuparon el huerto cerrado de mi niñez, irrumpiendo en aquel jardín de urbanización con umbrías de aspersores y lascas de pizarra rosa. No nos dimos ni cuenta de por dónde habían llegado. De repente, ya estaban ahí, como una imagen que salta de la nada a un fotograma, sin pararse en congruencias. Eran aves de paso descabalgadas del alisio en vuelo regular, con banda sonora de merengue y aspirador. Eran unas negras caribeñas ruidosas y disparatadas, y aquel enhiesto surtidor de culebrones nos venían muy bien para animar un poco la vida social de Arturo Soria, que era el culo del mundo. La señora oteaba aquella parcela tropical del exilio entre las sombras de su alcoba, como una diosa olímpica mira a la Humanidad, que aunque le sude un pie es un pasatiempo. Un poco como se contempla El Jardín de las Delicias, que es un barco pirata de Playmobil de delirios flamencos. Con un distanciamiento no exento de curiosidad.

Las muchachas manchegas de aseada insolencia, mandonas y susceptibles, las dulces portuguesas y su enciclopédico culto al bacalao, fueron ascendidas justo a tiempo al estatus de secretarias, o barridas por aquella inflorescencia tuberosa que ahora ocupaba el mercado de trabajo. Como aves de paso, también, afluyó la migra de otros países, ratas llegadas de mil barcos hundiéndose, que apenas se sacudían la zozobra ya empezaban a preguntar por el cacho de tarta que les tocaba de Europa Occidental o, en su defecto, de aquella España del boom que era el Gran Canal de la cloaca universal. Eran de colores y no tenían ni nombre, y lampaban por las Vistillas poniendo perdido el español, como antes lo hicieran pichis y chulapas.

Se hizo fácil, intuitivo dirán ahora los horteras de la nueva trova cibernética, distinguir a los pobres, porque en aquella bella época los pobres dejaron de ser como uno, y de entonces les ha quedado a los agentes de aduanas la costumbre de cachear la morenez en cuanto la ven asomar por una puerta automática. Pero a los brasileños, ahora que son ricos, les ha entrado la dignidad, no te jode, y empiezan a aplicar el ojo por ojo burocrático. Y como siempre, a los españoles nos costará cambiar el chip. No sé hace cuánto ya, alguien tuvo la ocurrencia de que el nacimiento de un hombre no determinara su destino, y la Historia se deslindó en dos mitades desde que aquello comenzó, apenas ha hecho otra cosa que comenzar aquello, a decir verdad. Ahora, en cambio, es la clase social lo que lo determina, el poder adquisitivo. Lo que complica las cosas es esta puta crisis, que es la no-crisis correlativa de los países emergentes, y la raza se ha desdibujado y, como indicativo de clase, ya no sirve en absoluto: ha perdido su utilidad como etiqueta. Por eso en Barajas, que son más de brocha gorda, andan desorientados, hasta que aprendan a distinguir cuándo toca alfombra roja y cuándo examen rectal.

Puede imaginarse que los propios ricos emergentes son los primeros interesados en ahorrarse los exámenes rectales que no sean estrictamente necesarios y se han apresurado como locos a buscar signos distintivos que faciliten la tarea de clasificación. Esta puede ser, o por lo menos podemos proponerlo como hipótesis plausible, la explicación detrás de la hipertrofia que han sufrido las marcas de lujo, que últimamente desbordan las pecheras. Un ejecutivo canadiense puede pasearse por un aeropuerto con un look de monje budista paupérrimo, con la tranquilidad de saber que su cabellera dorada y su tez de porcelana proclamarán por analogía la blancura de su alma. Pero yo si fuera mejicano, aunque descendiera de la pata de Carlos Slim, no me arriesgaría a poner un pie en Europa sin parapetarme tras una enseña protectora en forma de caballo o cocodrilo o las iniciales de cierta señora caraqueña residente en Manhattan. Como no queda espacio físico (me pregunto si el espacio puede ser otra cosa que físico) en las camisas para el elefantiásico bestiario del lujo, probablemente el siguiente paso sea hacer los logos de las camisas tridimensionales, y a poca visión de futuro que tengan las firmas caras, ya estarán haciendo experimentos en más de un atelier. Al fin y al cabo, la horterada es la tendencia del día con más potencial, en este mundo con continentes enteros repletos de nuevos ricos.

domingo, 5 de febrero de 2012

Nuevos viejos rostros

Dice Proust en algún lado que el mundo es una representación en la que el número de actores es limitado, y tras cada cambio de rasante de la vida nos encontramos con viejos conocidos en situaciones y lugares en los que nunca nos los hubiéramos imaginado, como en un papel que hubiera sido escrito para otro. La intuición medieval ya pintaba a la Fortuna como una rueda impredecible, y la tele no ha inventado nada nuevo cuando nos llama a la orilla de una ruleta caprichosa para repartirnos unos euros.

Mi Alzheimer precoz me impide ser muy de citas, pero me he vuelto a acordar de eso de Proust estos días, porque otro tanto le deberá estar ocurriendo a Felipe, creo yo, cuando piense en Rubalcaba; el Rubalcaba fiel segundón que él conoció y trató en los días de la Moncloa, que quizás no sea el Rubalcaba maquiavélico de la imaginación popular. Rubalcaba hubiera dado muy bien como uno de esos figurantes cerúleos que puso el Greco a hacer bulto en el entierro del Conde Orgaz, y de ese eterno abono de segunda fila los ajenos al poder hemos derivado la fácil conclusión de sus artes conspiratorias. Su ascenso imparable de derrota en derrota ha confirmado tal vez esas sospechas del espectador, pero para el antiguo aparato del felipismo debe de haber sido como encontrarse al administrador de toda la vida convertido en orgulloso propietario de la finca, y ahora se hacen visibles en sus manos las antiguas crucetas del PSOE, ese retablo de Maese Pérez cuyos largos hilos, dicen, vertebran España tanto como El Corte Inglés y la Guardia Civil.

Inesperada o no, la derecha y gran parte de la izquierda han respirado con alivio con la llegada de Rubalcaba, en que se quiere ver una palada de tierra sobre el ataúd del zapaterismo. Pero me temo que el zapaterismo no es una mera coincidencia de personajes en unos años determinados, sino una tentación persistente de Occidente, y recorre Europa como aquel otro célebre fantasma, buscando echar raíces allí donde el sentido común ofrezca el menor síntoma de anemia. Frente a esa “izquierda sensata” de antes, que tanto ha estado en boca de la derecha (la nostalgia de la derecha es omnicomprensiva y alcanza incluso a los antiguos adversarios, cuyo recuerdo queda equiparado más o menos al del consabido aceite de ricino, amargo pero benéfico), el zapaterismo es la tentación de apuntarse de forma irreflexiva a la última reivindicación, por delirante que sea: lo mismo los derechos del mono que la revisión igualitaria de la literatura infantil, o cualquier impulso de victimismo centrífugo. El campo de la justicia social, por desgracia muy amplio aún, se queda pequeño ante el empuje de las ansias reivindicatorias zapateriles. Uno comprende que puede ser una sensación muy placentera, muy satisfactoria para el ego, la de ir por la vida como una moderna Juana de Arco. Sentirse un adalid de la justicia, dispuesto a exhalar el último alieto por los más oprimidos es un subidón capaz de hacer que la propia existencia cobre una relevancia mesiánica. De colmar los más profundos vacíos vitales; tal vez incluso los de Leire Pajín. Sospecho que es también una sensación altamente adictiva y que, como tal, tiende a desembocar en hipertrofia. Es casi de esperar que no encuentre, en las reivindicaciones tradicionales del socialismo, un objeto suficiente, y se desparrame hacia todas aquellas causas peregrinas que puedan estar necesitadas de los servicios de un caballero blanco profesional. Al final, uno acaba compartiendo piso con decenas de gatos, en medio de fiebres quijotescas, diciendo cosas como que la tierra es del viento, etcétera, pero es una tentación política imposible de atajar porque entronca, por desgracia, con el deseo del hombre de dar sentido a su propia existencia. El problema es cuando el líder considera que la defensa de esas chifladuras más o menos benévolas le justifica en grado suficiente, y le excusa de la tediosa, durísima e ingrata misión de velar por el auténtico bien común; una misión para la que hay que embadurnarse de la compleja harina del presupuesto, para la que hay que plantarse en los foros internacionales dispuesto a caer mal. Cuando el líder se olvida de que se le quiere para eso, de que el pueblo le necesita para eso, y se dedica al cultivo de aquellas causas que le puedan rentar protagonismo, como quien cultiva bonsáis, se acercan naufragios como los que hemos vivido en la última legislatura.

Pero naufragios y todo, el candidato de la sensatez no ha arañado más que un puñado de votos de ventaja. Prueba suficiente de que el zapaterismo está vivito y coleando. Y a juzgar por el discurso de Chacón ante los delegados, no parece que vaya a haber ningún examen de conciencia.

domingo, 22 de enero de 2012

Cristina

A un tiro de peaje de Madrid hay una Castilla aspergida de nieve como una virgen niña, pero en la capital el invierno ya anuncia que se va sin deshacer las trenzas carbónicas del cielo. Madrid se va a quedar en su burbuja de aire oxidado, como esas ciudades de souvenir condenadas a una tormenta de corcho perpetuo. Vieja y doliente, la Corte acusa los males de todo el territorio, las corruptelas levantinas, la indolencia del sur, el esnobismo condal, y exhibe la mantilla luctuosa de la derrota. Barcelona ha disputado por décadas la capitalidad moral a Madrid, pero es la capitalidad inmoral la que, en realidad, lleva aparejados el poder y la grandeza; esa disposición a impregnarse de todo sin criterio, como un epítome festivo de todo lo bueno y de todo lo malo; a admitir sin chistar que habla con ejque, porque es verdad que tiene hijos manchegos. Madrí es capaz de ir recogiendo harapos y componerse un traje de reina, lleva siglos haciéndolo; y de bajar a peinar su orgullo al espejo fecal del Manzanares, el espejo del chonismo en que el burgués catalán no quiere verse cuando arraiga en Sant Cugat como una mala hierba. Al burgués le falta experiencia aristocrática; quizás por eso está siempre dispuesto a echarse un café con su portero en plan rusoniano, pero no concibe que toda capital necesita sus cockney, sus east-enders, su banlieue, la prole atónita y sin cuento afluida de todos los rincones del orbe, que lleva el anda del Estado y sufre los inconvenientes de la gran ciudad sin gustar una sola de sus ventajas. Barna se pone las gafas de pasta de una modernidad emuladora y acrítica; casa con suecas, que por algo es europea, una Estambul lastrada de esteparios morenos; o casa en su defecto con un capitán de balonmano periférico y áureo. Que luego sale rana, claro, porque es el sino de los yernos premium. Pero Urdangarín tiene una mirada límpida y exculpatoria que ha legado a sus hijos, y para una vez que podíamos los españoles tener una familia real presentable después de siglos de fealdad borbónica va y la jode. Con eso ha ocurrido como con tantas cosas en España: que otro siglo será. La belleza aleatoria de la honesta Letizia no va a alcanzar, me temo, a redimir de tanta inercia genética más que a un par de generaciones, y condena al prognatismo a otra sala del Museo del Prado, como poco. Y será el Madrid impúdico quien se encargue de exhibir, ante la mirada de incomprensión de los japoneses, el catálogo de las vergüenzas familiares, para que Barcelona pueda otra vez jugar a ser Cristina, la hija enseñable y lista.