lunes, 25 de agosto de 2014

Como mínimo, amantes

Nunca he conseguido actualizar este blog con regularidad; sólo he llegado a valerme de él como speaker’s corner desde el que proclamar mis desahogos esporádicos, o exhibir mi diletantismo ocasional, ante la mirada curiosa de dos o tres viandantes extraviados. Hoy, para compensar,  voy a publicar el segundo post en horas veinticuatro (aquí, el primero), y sobre el mismo tema: las luchas intestinas de “los pequeños”. Más específicamente de UPyD: lo que pase en Vox me resulta, desde el respeto, inevitablemente lejano, al no ser votante, ni simpatizante ni militante de tal formación.

Pero lo de upidé sí me hace pupa. Sigo creyendo que su voz, tantas veces discordante, hace falta. Rosa Díez, como líder política de este país, hace falta, al margen de que lleve el maillot rojo, azul o magenta. Hizo, en su momento, lo que nadie había hecho en décadas: sacudir la política patria, harta de componendas y pactos de silencio. Desbrozó el camino que ahora los anticasta quieren transitar, dándoselas de pioneros no sé de qué. Se rodeó de un grupo de gente que supo acumular méritos. Pero lo logrado es frágil. UPyD sigue sin tener un arraigo que garantice su pervivencia a medio plazo, y su ejemplaridad –también en las formas –es, además de un principio fundacional de la casa, una condición de supervivencia. Todo puede irse al garete en un instante de ofuscación, apenas un episodio de incontinencia verbal –ego, al fin y al cabo –. No voy a entrar en quién tiene razón, en quién es más bocazas o más “mezquino”. Este formato de carta abierta como método para discutir las cosas es en sí mismo una torpeza. A mí me recuerda a las notitas sobadas que circulaban por las aulas de la época pre-whatsapp: cuando llegaban al destinatario, ya todos sabían que Edu estaba por Carla, y lo que era cosa de dos había pasado de forma irrevocable al dominio público. Creo que para este intercambio tan poco edificante, podían haber elegido otra fórmula en casa Díez. La del reto del cubo helado, ya puestos.

No estoy por principio en contra de que un eurodiputado manifieste su visión en público, aunque sea una visión discrepante con la postura oficial de su formación. Me parece saludable si se hace con lealtad. En este caso, la lealtad implica plantear las cosas, primero, donde se tienen que plantear: de puertas para adentro. Si la propuesta no cuaja, queda expedito el camino de la opinión pública: señores, yo estoy por esto, pero en mi casa no me paran bola. Es ni más ni menos lo que ha hecho Sosa. Cierto que podía haberse ahorrado el obiter dictum de las “prácticas autoritarias” que anidan en el seno de UPyD: paloma negra de los excesos.

La respuesta de Lozano es fundamentalmente ad hominem y entra poco en el fondo del debate. En lo que nos importa, se agarra inverosímilmente a un punto de la Ponencia Política, el 1.4.1, que dice “UPyD será lo mismo en Cataluña que en el resto de España”. Que me jodan si lo entiendo, que dirían en mi pueblo. ¿De verdad se supone que eso es un rechazo explícito de la militancia a un pacto con Ciudadanos en el marco de unas municipales? Lo leo, lo releo y me quedo como estaba. Como mucho, eso puede interpretarse como una negativa a ir en Cataluña con un esquema similar al de PP-UPN, o PSOE-PSC (muy lógico, por otro lado: basándonos en los precedentes, es una fórmula que sólo parece traer problemas). Pero parece que las dotes hermenéuticas de algunos van mucho más allá. Tanto, que podrían directamente prescindir de texto que interpretar: su sentido arácnido ya les avisa de lo que quiere la militancia en cada momento.

Pero yo sí quiero entrar en el fondo del debate. Ciudadanos es lo mismo que UPyD. Repito: lo mismo. Como mínimo, deberían ser amantes. Los denodados esfuerzos de Gorriarán el Amable por convencernos de que ambas formaciones son casi como el agua y el aceite no soslayan la realidad fundamental: el votante objetivo de ambas es el mismo. A quien le guste más la cañita brava –el estilo más Robespierre de Díaz –votará a upidé. El que sea más de waterpolistas en paños menores, votará a Rivera. Por eso es una torpeza –otra más—intentar sacar ahora los colores, como hace Gorri, a quienes serían magníficos compañeros de viaje. ¿Qué no tienen postura definida en muchos temas que en UPyD tienen clarísimos? Estupendo: una magnífica ocasión para que se sumen a la postura de UPyD. ¿Que han pactado con partidos afectados por casos de corrupción? Y… ¿qué piensa hacer UPyD, exactamente? ¿No pactar con nadie, nunca? ¿Pactar sólo con Podemos, a quienes aún no les ha dado tiempo a corromperse? Por favor. Puedo estar muy de acuerdo en que UPyD ha mimado más los aspectos orgánicos de su acción política, pero eso no puede derivar en ombliguismo ensimismado, en encariñamiento estéril con el propio modo de ser. Si queréis luchar por lo que realmente importa, dejad de hablar de cosas que no importan a nadie.

Los ciudadanos no han votado a UPyD para que sus dirigentes se sientan excelentes personas, y sean contemplados ahí, en su hornacina, como un modelo de pureza inmaculada. Tampoco los han votado para que diseñen una máquina perfecta de representación interna, un ajustado, ejemplar y transparentísimo artefacto político pero, eso sí, de puertas para adentro. No, por Dios. Estáis en ese escaño porque vuestros votantes queremos que lleguéis al poder y a las instituciones. Por supuesto que no queremos que lo hagáis a cualquier precio. Pero nuestras exigencias se resumen en que actuéis, en cada caso, con honestidad y transparencia. Si por el camino encontráis a alguien que tiene la misma aspiración, no les exijáis que su conducta, desde el comienzo del mundo hasta ahora, haya sido irreprochable. Ayudadles a que lo sea en el futuro, y sumad fuerzas con ellos. Haced juntos el camino.

 *  *  *

Por cierto, mirando cómo se escribía Robespierre en Google me he topado con la noticia de que Irene Lozano ya ha pedido disculpas por su carta. Bien hecho, Irene, me congratulo. Qué lástima que haya sido con la boca pequeña y, sobre todo, que haya sido a posteriori: cuando actúas ante las candilejas de lo público, no se cumple lo de “mejor pedir perdón que pedir permiso”. Muchos son testigo de la metedura de pata, pero el día en que rectificas a lo mejor ya ha empezado la Liga.

domingo, 24 de agosto de 2014

Casa de muñecas

El verano se nos va desmembrando a cada tarde, como el país. Vuelvo a Pla en verano y Pla –que no era, desde luego, inclinado a la insensatez –da con la clave: cuando habla de “país” lo hace casi siempre en el sentido regional, casi doméstico que ha pervivido en las lenguas del romance, il paese, le pays que nous habitons, una palabra chica con que la mayoría de las veces denota al Ampurdán. Lo otro, para Pla –la Patria, con letras de molde –era retórica de camarilla. Es la clave, digo, para vivir muchos años sin úlceras ni insomnios ni más incordios que el garbí y en su defecto la tramontana, su importantísimo y decisivo influjo en la idiosincrasia del payés.

Mi país estival es un retal mínimo, el fulgor esmeralda de unos cuantos naranjos encajados entre la oscura pirámide del Mongó y la proa desafiante del cabo La Nao. Fuera de Jávea, la vorágine del verano levantino, Gandía Shore. Otro planeta. Dentro, el milagro pausado de la luz, las láminas del sol gelatinoso sobre el mar, el cortinaje espeso de la noche, confección de silencio y madreselva. Pero hasta aquí llegan los ecos del naufragio cotidiano al que se han sumado ahora los partidos de la tercera vía, con su empeño casi tierno en regenerarnos querámoslo o no. UPyD y Vox han montado una algarabía pequeña, como de casa de muñecas o kindergarten a la hora del biberón. Cuando apenas hay poder en juego, cuando el riego de tocar bola es remoto e hipotético, los contendientes se intercambian estocadas de florete sin más consecuencias; casi como una demostración de destreza discursiva. Pero hay que reconocer que Vox, quién iba a decirlo, tiene condiciones para la opereta, y nos la han servido jugosa y breve en las carnes de la Seguí, esa ninfa levantina y entrañablemente amateur siempre presta a dar el cante. Dicen que es la musa de la ultraderecha –en España el prefijo ultra lo espolvoreamos con gran liberalidad sobre todo tipo de guisos políticos --; una musa-niña algo turbadora, con el guion de las ursulinas bien aprendido y la mirada violeta de una Liz Taylor agraz y magra de cardio-box.

Un sainete que poco tiene que ver con el auto sacramental de casa Díez, donde manejan un registro dramático totalmente distinto. En las tribulaciones es donde se ve el estilo de cada cual, como recuerda la célebre cita de Tolstoi: todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera. Nada de frivolidad, de celebración vital y desbordamiento berlusconiano. Nada de musas báquicas ni hijos enchufados. En upidé son plúmbeos, complutenses, muy de citar puntos de estatutos que a nadie importan y resoluciones de remotos conciliábulos. Como mucho gastan una ironía monocorde y diligente, como de catedrático de Administrativo. Cuando la cámara te quiere, se dice telegenia. Cuando te odia, Gorriarán. UPyD nos quiere reformar por el camino del rigor orgánico, pero el rigor orgánico es algo que no se la puede traer más al pairo al ciudadano. Se han echado encima del de la pajarita por un quítame allá esas pajas; ésa es la percepción del votante medio. A golpe de tuit, Gorriarán se enfanga en agónicas explicaciones que de nada sirven, se enfurece y echa humo dialéctico por las orejas. Todo en vano, porque la grey ha zapeado ya hace rato, ya estamos pendientes de un capítulo atrasado de Conexión Samanta. Cómo van a arreglar el país, si no se arreglan ni ellos.

lunes, 26 de agosto de 2013

La delegada de Gotham


Cristina Cifuentes surca la noche madrileña como una amazona envuelta en brillos de metal, rock duro y Farmatint. A la hora en que regresan los fantasmas, en que algunos buscan refugio en los minaretes del alcohol, Cifuentes prefiere chutarse una dosis de velocidad. Es fácil imaginársela entre las sombras de su despacho, recién conquistada la orilla opuesta del día, enfundándose la armadura de motera igual que hacía Bruce Wayne con la loriga de murciélago, en la penumbra de la bat-cueva. Pero la vida de Cifuentes es como el negativo de la de un héroe de cómic. El de Gotham combatía el mal en la nocturnidad de sus horas libres, como un pasatiempo anónimo, una terapia contra los traumas de niño rico y el tedio de la beneficencia cotidiana; la Delegada del Gobierno lo hace, en cambio, de ocho a ocho y a cara descubierta, empeñando su imagen pública en llevar la racionalidad a todos los ángulos del callejero. Antes de salir a escena deja entre bambalinas su yo cotidiano, la fragilidad que a veces se adivina en los quiebros de la voz, el vitalismo que atisbamos a través sus tatuajes, como cinco agujeros de berbiquí. Y la bat-cueva en la que desemboca su carrera por el asfalto, me temo, está llena de cuadros de petit-point, cenas recalentadas, y un esposo y unos hijos que, lo más seguro, ya irán por el quinto sueño. 

Cifuentes se ha fajado en una brega cuerpo a cuerpo con la opinión pública, intercambiando sangre y sudor con la bestia de mil cabezas de Twitter. No teme dar la cara y eso me gusta. Sabe, porque no es gilipollas, que esa cercanía con un interlocutor las más de las veces capcioso puede volverse en su contra en cualquier momento; no parece preocuparle demasiado. La opinión pública que le afea sus escuadrones de antidisturbios debería preocuparse más por los escuadrones de asesores tras los que se parapetan otros. Los antidisturbios, es cierto, pueden extralimitarse, pero trabajan bajo el atento y remilgado objetivo de la prensa. Los asesores lo hacen, precisamente, para interponer entre ese objetivo y la realidad un velo de amables evasivas gelatinosas; un plasma de cobardía.

Como era de temer, la sobreexposición se ha vuelto contra ella en las horas más bajas. Cifuentes ha pasado de cosechar panegíricos en la prensa opositora (cuando, a comienzos de su mandato, era la molona delegada republicana y agnóstica), a tener que soportar un escrache sanitario a manos de funcionarios de bata blanca y juramento hipocrático de quita y pon. Reconozco que se me escapa la relación de Cifuentes con la Sanidad pública. Según el argumento de los acosadores, su militancia en el Partido Popular la hace cómplice de una supuesta privatización del servicio. Si ésa es la razón, tampoco acabo de entender por qué pararse ahí: en el otro extremo de ese razonamiento, todos los votantes del PP son en última instancia los cooperadores necesarios de cualquier acción llevada a cabo por el PP. Deberían, junto con la tarjeta sanitaria, pedirnos a nuestro ingreso en el hospital un certificado de afección al pensamiento colectivista: el único, parece ser, que da derecho a ser tratados como seres humanos. 

Afortunadamente para este país, cuya clase política de todo signo está mortalmente ayuna de carácter, va a necesitarse algo más que una algarada de patio de colegio para evitar el regreso de Cifuentes. Espero que las lesiones sufridas no hagan el favor a los energúmenos y volvamos a tenerla pronto en el telediario y en su perfil de Twitter, uno de los pocos no pilotados por un equipo de asesores y becarios. 

Que te mejores pronto, rubia. 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Mourinho: apología y electrólisis


Yose, como pronuncian ahora los comentaristas que se las quieren dar de viajados, tiene el semblante torvo del dandi o el autócrata; y la boca, la parva carnosidad infantil, la lleva fruncida de un desdén y una fatiga indecibles, como alguien condenado a escuchar, una vez tras otra, el mismo chiste malo. Mou es su haz y su envés, una verdad contra el mundo, y su ambivalencia no es fruto de sus propios claroscuros sino de los claroscuros de ese mundo, que le juzga porque se siente juzgado por él. El de Setúbal acata el veredicto, tal vez se fuma un puro con él, desde el túnel imperturbable de sus ojeras, corolas de asceta o de dipsómano en que se nos sirve una mirada que no acabamos de descifrar, una mirada de neblí ejecutor o de inocente efigie pompeyana que es, sin embargo, siempre la misma: lo distinto, lo contradictorio, es el objeto en que se posa.  Los últimos años, su mirada se ha posado sobre la sociedad española, esa sala de prensa de la incongruencia, coagulada en torno a él como un compuesto corrosivo de ácidos intestinales que ha tratado de digerirle, de reducirle a una papilla capaz de ser procesada sin sobresaltos por las entrañas de la beatería y de la corrección política. Que ha acabado, al fin, expeliéndole como a un cuerpo extraño. La sociedad descansa ya, en esa calma sin bienestar del vientre tras el vómito.

Mourinho, no lo olvidemos, no tiene mayor relevancia, como no la tiene el fútbol mismo. El vial de la épica, el excipiente de la majestuosidad con que se administra el fútbol, son capaces de hacernos olvidar que se trata de un simple pasatiempo sin más trascendencia que la de ocupar unas horas muertas de la semana, sustrayéndolas con cierto éxito a un vacío en que se hace demasiado audible el ruido blanco de la muerte. No es poco, aunque ese papel podría cumplirlo cualquier otra distracción, y así ha sido en otras épocas. Sin embargo, siempre es interesante comprobar cómo, ante esos pasatiempos banales, la sociedad proyecta sus obsesiones como ante una de esas láminas de Rorschach de enigmáticas manchas en las que cada uno ve lo que lleva dentro. De la abundancia del corazón habla la boca, dice el Evangelio. Con motivo o sin él; venga a cuento o no. Por eso, independientemente del resultado, ha sido un experimento divertido sumergir el electrodo Mourinho en el agua calma y cementosa de un club como el Real Madrid, en el remanso tibio y bovino de la opinión pública española, en la ciénaga de la corrección de donde no osábamos asomar la cabeza; dejarnos sacudir, por un breve y delicioso instante, por una electrólisis inesperada que nos obliga a retratarnos, dividiendo al padre contra el hijo y al hijo contra el padre, a la madre contra la hija y a la hija contra la madre, a los contertulios contra los reporteros y a los presentadores contra los jefes de prensa, todos entregados al paroxismo, compelidos a reorientarnos hacia uno de los dos polos posibles, cuestionándonoslo todo en el proceso. Pensando y debatiendo, aunque haya sido sobre el vacío: nos queda la esperanza de que nos haya servido de entrenamiento para hacerlo sobre cuestiones más dignas de tal empeño.

sábado, 30 de marzo de 2013

Escrache en el Calvario


La tarde del Sábado Santo se concentra en un plafón bajo y grisiento, y desmaña a soplos racheados la coiffure de lujo de las palmeras. Google es un aliado en estas tardes de indecisión meteorológica y luz desangelada, tan poco propicias al garbeo: una palabra al azar en la ventana del buscador pone a bailar los dados del tedio, brinda el extremo de un hilo que conduce tal vez a la huída.  La palabra elegida es escrache. Nos gusta su redondez de moneda lunfarda y equívoca, brillante de rabiosa actualidad, por no hablar de ese breve, delicado crujido de sus sílabas, como un entrechocar de articulaciones contra los adoquines en mitad de una refriega callejera, de esas en las que nunca es posible señalar al culpable. Y el buscador nos trae un artículo de Arcadi Espada en el que se refiere al Via Crucis como el escrache más célebre de la Historia. Bien podría ser; aunque yo a González Pons le veo quizás un poco entrado en carnes para el papel de Nazareno expoliado. No sé qué tal daría encadenado a una columna. Habría que preguntar su opinión a los cofrades sevillanos, cuya intimidad con el misterio les sitúa en mejor posición para bosquejar un quién es quién del parnasillo penitencial. A los sevillanos, a los andaluces en general, les ha sucedido históricamente un poco como a los italianos, creo yo: se les ha tomado por devotos cuando lo que son, en realidad, es gente particularmente dotada para la sublimidad estética. Pero el malentendido, una vez más, indica una feliz intuición de fondo: arte y religión, al cabo, son una misma persecución del absoluto, allende los dominios de la razón. El italiano trasfunde su inquietud estética, más liviana, a la ropa de marca, a la machinetta, al rostro chamuscado de rayos UVA y las deportivas plateadas. El andaluz, en cambio, busca toda su vida sin llegar jamás a calmar su insatisfacción; los días se apagan en su copa de ceniza y le dejan con hambre, y por eso prolonga la busca hasta las últimas habitaciones de la noche, y se adentra lo mismo en el tumulto psicotrópico de un after que en la senda fluorescente de la madrugá.

La Semana Santa no deja de ser la narración de una tortura, y podría haberse quedado en película gore si el genio popular no hubiera interpuesto el filtro de la sublimación estética. Los cofrades de la PAH aplican a la realidad el filtro borroso de su fanatismo, y hacen pasar el acoso por una suerte de medida de último recurso para que se imparta justicia. Me gustaría saber en qué ha contribuido esa presión a mejorar la situación, más allá de servir de escape momentáneo al odio ideológico de algunos. Me gustaría saber por qué se supone que el escrache es más útil que los resortes propios de una democracia –desde las manifestaciones, nos gusten más o menos, a las iniciativas legislativas populares, y, oh, novedad, los votos depositados en una urna—. Tener la democracia a mano y preferir el acoso es igual de sabio que tener una ducha a tu disposición y preferir el desaliño. El olor a sobaco es comprensible en quien no tiene medios de higiene a su alcance, pero no en hijos de familia acomodada. Por muy indignados que estén.

domingo, 3 de marzo de 2013

Noblesse oblige


Larsen. Ése es el apellido de soltera de Corinna; el botón de muestra con que cierra el corpiño nativo de su burguesía, ese celuloide de la economía conyugal que guarda el tacto de su yo más íntimo y plebeyo, marchita flor de lis, varias capas por debajo del afeite y del ropaje cortesano. Si Unamuno no hubiera aprendido el idioma de los jutos, dicen, para mejor paladear las filigranas teológicas de Kierkegaard, no habría dudado en hacerlo con tal de inhalar de primera mano el aroma doméstico de ese apellido, y degustar en su versión original la bella impostura que duerme bajo el Zu-nosecuántos. Cuánta prosa se han dejado sin contar el ¡Hola! y el París Match.

No me cabe duda de que España está en deuda con Corinna; no, quizás, como ella pretende, por haber prestado servicios de alguna valía, sino más bien por haber conferido al sainete nacional, por momentos tan ramplón, una pátina de alta intriga. O por haberlo, al menos, intentado: porque ese Larsen de turista barrigudo, como una mancha low-cost en el pedigrí, no va a pasar inadvertido al escrutinio desmitificador para el que nuestra raza está (por suerte o por desgracia) tan singularmente dotada.

Siempre ha habido un hueco en la ficción para esa estirpe de seres fabulosos y apátridas capaces de aparecer hoy en Jeddah y mañana en Montecarlo, fastuosos mercenarios de la diplomacia internacional recubiertos de cultura exquisita, que portan secretos irrevelables cuya irradiación sólo ellos, su peculiar contextura libertina, es capaz de resistir sin sucumbir al escrúpulo. Ellos conocen la verdad extraoficial, ésa que se hurta al pueblo por su propio bien. La existencia de ese estamento de iniciados se compadece mal con las democracias pues nos hace preguntarnos si no estaremos más bien viviendo en una suerte de despotismo de fachada popular. Ésa era la alcurnia en la que aspiraba a ingresar Corinna: la de los que saben. Lo único que cabe afearle es haberse creído su propia novela, o haber pretendido hacérnosla creer a los demás.

No seré yo, desde luego, quien disipe el ensalmo. En tanto que de rosa y azucena, Corinna ha podido pasar por una Milady de Winter que se movía entre bambalinas como pez en el agua. Bajo el foco abrasador de la canalla, es sólo una Bienvenida Pérez con filtro de Instagram; a lo más, una Zoraida de postín en el harén del jeque Borbón. Me parece contrario a la caridad, y a esa deuda que hemos contraído con ella, malbaratarle el espejismo a estas alturas: justo cuando se adentra en esa edad, cruel, en que el ser humano deja de alimentarse de ilusiones para pasar a hacerlo de recuerdos.

sábado, 23 de febrero de 2013

Hermano Mayor


Aristóteles fue un experto en televisión siglos antes de que se inventara la televisión, y probablemente adivinó que la necesidad humana de catarsis iba a dar lugar a los más variopintos engendros catódicos, formatos los llaman ahora, que son el guilty pleasure de la intelectualidá. Confieso mi predilección por ese dramón del viernes noche titulado Hermano Mayor. Me fascina por lo mismo por lo que me fascinó la foto de la familia Zapatero con Obama: porque es la constatación en directo de que esos padres blandengues y beatorros, esos que dejan al niño coñazo berrear en las arrocerías sin osar ponerle la mano encima, al final obtienen su justo merecido en forma de adolescente ingobernable. Otra de las satisfacciones de Hermano Mayor, claro está, es esa tensión argumental, hábilmente sostenida en un crescendo del montaje, de ver si por fin el nene resulta adjudicatario, por mediación del presentador cachas, de esa torta que lleva años rifándose. Aunque, en este segundo aspecto, siendo honestos, el programa siempre defrauda las expectativas: como mucho, en los casos más límite, algún forcejeo light. Pero así, de estas con la mano abierta, como la situación lo requiere, nada.

Ése, quizás, sea también el problema de la política en este país: su fracaso como espectáculo. La necesidad del votante, como la de cualquier espectador, no voy a decir de catarsis, de escarnio público y de sangre, pero sí, por lo menos, de conclusión, queda sistemáticamente postergada y finalmente frustrada en este país, y de este coitus interruptus bolañesco, que se prolonga ya décadas, no creo que pueda salir nada bueno. Los malos tienen que pagar, o por lo menos el negro tiene que morir, pero que pase algo, hombre ya. Lo más parecido a una apoteosis que ha tenido la masa en los últimos años nos lo ha dado el fúrgol; lo más parecido a un final feliz fue el muerdo atropellado del portero a la periodista.

Si las naciones, nos lo recuerda periódicamente Gistau, son un relato, las democracias son entonces uno de ésos cuentos escolares rayuelescos, tirando a malillos, de Elige tu propia aventura. Pero la aventura española parece, por momentos, haberla parido un guionista particularmente sádico de nouvelle vague. Tras cada interrogatorio sólo hay un nuevo interrogatorio; tras cada exclusiva, sólo un desmentido igualmente tedioso y poco concluyente; cada declaración de soberanía es seguida, años después, de un tibio y farragoso pronunciamiento del Constitucional. 

No creo que los españoles necesitemos mucho para conformarnos: algún fogonazo ocasional de esa pirotecnia retórica que se usa a diario en la Cámara de los Comunes, o en el congreso estadounidense. Si nuestra capacidad para la épica patriótica no da para tanto, por lo menos que nos sirvan alguna que otra ración de hostia fresca, al estilo parlamentario italiano, surcoreano o balcánico.  Todo, con tal de no sufrir otro Debate sobre el estado de la Nación, u otra Gala de los Goya (por citar sólo dos de los eventos políticos más señalados del panorama patrio) como los de este año: tan milimétricamente ajustados a los cauces de lo previsible; tan burocráticos, tan consabidos. Tan prescindibles, en fin.